La paradoja de la ayuda que daña

 

"Cuando con las mejores intenciones, conseguimos los peores resultados”

 

El otro día, paseábamos por la calle y nos cruzamos con un niño de unos seis años. Tras un buen rato jugando con mis hijos en uno de esos cochecitos que les hechas una moneda, se mueven y hacen música, noté que el niño miraba a Leia con mucha atención. Entonces lanzó una pregunta:

-¿Qué le pasa a la nena?

Sin darle demasiada importancia le contesté:

-Es que no ve demasiado bien.

El niño no quedó para nada satisfecho con ésta respuesta y me volvió a preguntar:

-Pero… ¿Es que le ha pasado alguna cosa…? ¿Cuándo nació le pasó alguna cosa?

Entonces, miré a Leia. Se veía tranquila, como si ya hubiera pasado por ésta situación alguna otra vez. Para mí era la primera vez que un niño me preguntaba directamente. A veces encuentro miradas curiosas que observan, pero normalmente se ajustan con un silencio y sigue la normalidad. El niño seguía esperando una respuesta y sus ojos se clavaban en los míos, así que cogí aire y le pregunté a mi hija:

-Leia, ¿Le quieres explicar tú?

Ella me contestó negando con la cabeza, entonces le di una respuesta rápida:

-Cuando nació, le costó mucho empezar a respirar.

El niño lleno de ternura y buena fe, me contestó:

-¡Pobre!

Lejos de reconfortarme, su compasión, me generó mucha inquietud. Me hizo sentir triste, vulnerable, necesitada de ayuda. La pena que expresó ése niño con la mejor intención, me hizo sentir víctima de las consecuencias una situación del pasado. La victimización, produce sobreprotección y esto suele generar paradójicamente una ayuda que daña, ya que en vez de producir sensación de bienestar y protección, genera sentimiento de culpa por no estar a la altura y sensación de incapacidad por no poder conseguir las expectativas, y al final no nos deja crecer, ya que no nos permite confrontarnos con la dificultad y superarnos. Entonces miré al niño con dulzura y le contesté:

-Ella no da pena, está muy bien y es feliz.

Todo esto me hizo reflexionar sobre la dificultad y cómo la afrontamos.

 

Cuando nos encontramos con una dificultad en la vida, es importante intentar superarla en primera persona. Si no somos capaces de gestionar la dificultad, es momento de pedir ayuda.

 Cuando vemos que nuestros hijos se encuentran con algún problema, obstáculo, prueba que superar, etc. dales la oportunidad que la resuelvan por si solos, anímalos a confrontarse con la dificultad antes de ofrecer nuestra ayuda, a veces hace falta dar un paso atrás y esperar que se equivoquen, que se caigan y se levanten, que prueben y si de verdad no son capaces de superar el reto, entonces que puedan pedir ayuda. Sólo de ésta manera podrán sentirse capaces, seguros, generar autoestima y una buena autoimagen.

 

Presentemos a nuestros hijos una pequeña dificultad al dia, sin pena ni compasión ni remordimientos… ofrezcámosles una pequeña frustración , un pequeño reto que les haga conocedores de cuáles son sus límites y les aliente a superarse a sí mismos, poniendo en marcha sus estrategias, sus recursos, su creatividad su flexibilidad ante el cambio. Estimulémosles a crecer y a ser cada vez más autónomos e independientes.

Observar a mi hija desde la distancia nos ha abierto los ojos a conocerla, a comprender quién es y qué puede necesitar. No intervenir más que lo necesario, nos ha ayudado a orientarla en la superación de los diferentes retos que se le presentan a cada momento. Intentamos hacerlo todos los días desde el respeto y el amor incondicional, para que pueda crecer y a desarrollarse por sí misma generando esa capacidad de madurar, aprender, de adaptase y gestionar los cambios.

Estas situaciones sirven de reflexión para poder revisarnos, seguir creciendo y aprendiendo juntos.

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