Síndrome del impostor

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Hace un tiempo, recibí la llamada de unos conocidos que me pedían asesoramiento familiar. En seguida les propuse trabajar con uno de los compañeros del equipo, pero ellos insistieron en que confiaban en mí; querían que yo les ayudara. Al principio, me alaga la propuesta, pero inmediatamente, siento miedo a no estar a la altura de las expectativas que yo creo que los otros ponen en mí y en mi trabajo.

Soy un fraude, no estoy a la altura.

Cuando trabajo con una presión autoimpuesta surge la sensación que no seré capaz y eso me hace sentir frágil, vulnerable y bloqueada para iniciar. Surge en mí una duda: ¿estaré a la altura de las circunstancias? Entonces pienso: “soy un fraude”, no debería dudar, debería estar más segura de mis capacidades. Se trata de un proceso por el cual pongo el foco en mi persona por encima de las acciones que realizo, el servicio que ofrezco y el equipo en el cual trabajo.

Pero lejos de boicotearme, combatiendo la duda que surge y me bloquea, decidí ponerme en acción, y la última vez que me enfrenté a esta idea, decidí investigarla como si de un antropólogo se tratara. Entonces me sorprendí al descubrir que no era tan especial como  creía, ya que se trata de una sensación conocida por muchas de las personas de mi alrededor: amigos, compañeros de profesión, gente exitosa… seguí investigando y en internet encontré profesionales en diferentes ámbitos que la sufrían, para citar algunas de las más famosas: Maya Angelou, Sonia Sotomayor, Kate Winslet, Tina Fey.

El “Síndrome del impostor”.

Esta dolencia, como no, también tiene una etiqueta: se ha denominado el “síndrome del impostor”. Todas las personas que lo sufren tienen un denominador común , todas suelen afrontar la dificultad pese a  tener esa sensación de incapacidad , es decir,  aunque no se sienten suficientemente capaces o pese a  haber descubierto que no se podían fiar de sí mismas, afrontan evitando bloquearse.

Son personas perfeccionistas que se sienten caminando por un hilo de funambulista que han situado en una posición demasiado alta, percibiéndose en desequilibrio con sus propias habilidades, competencias, conocimientos...

¿Qué podria hacer para empeorar la sensación de incapacidad? 

Renunciar, delegar, posponer, procrastinar, pedir ayuda, dudar de las propias capacidades, son soluciones intentadas que forman y mantienen el problema que se genera con la sensación y a su vez, confirman la incapacidad que siente alguien que sufre el síndrome del impostor. Violar ese límite autoimpuesto y ejecutar el trabajo, aun sintiéndonos una impostora, ayuda a superar el bloqueo que sólo sirve para demostrar nuestra incapacidad.

Cómo convivir con la “faker” que llevo dentro.

Hay que pensar que donde no hay victoria, hay renuncia y renunciar es la mejor manera de incapacitarnos.  Para ganar hay que aprender primero a perder: afrontar el fracaso como una variable más que forma parte del proceso y que no depende únicamente de uno mismo, ayuda a salir de la sensación de arenas movedizas que aterra, ya que te lleva a pensar que si inicio cualquier mínimo movimiento, me hundo.

Pese a la sensación, podemos actuar como si fuéramos capaces de hacer. Así imaginar qué haríamos si pudiéramos, si tuviéramos las capacidades y competencias, pensar como si hubiéramos adquirido bien la técnica necesaria para hacer la tarea que nos han encomendado, y llevar la tarea a cabo como si fuéramos capaces, nos ayuda a deshacernos del ego y centrarnos en la tarea.

Superar los propios límites corriendo pequeños riesgos genera un cambio que produce sucesivamente efectos a nivel exponencial sobre las acciones y los resultados que tienen éstas en nosotros mismos y en nuestro entorno. El primer trabajo está en reconocerlos para poder establecer una estrategia exitosa. Sentirse una loser no siempre tiene que ver con actuar como una faker, ese podría ser el primer paso para liberarse de la sensación y generar una realidad que podamos gestionar de manera más funcional.